domingo, 30 de enero de 2011

La Guerra de los Treinta Años






INTRODUCCIÓN

El siglo XVII será para Europa una etapa de crisis económica, social, política y religiosa. Se suceden las hambrunas, debidas a las malas cosechas, las epidemias y las guerras, tanto civiles como internacionales.
La primera mitad del siglo XVII estará protagonizada por la guerra de los Treinta años (1618-1648) en la que participarán la mayoría de las potencias europeas. La principal consecuencia de este conflicto fue la decadencia del imperio de los Habsburgo españoles que dejó de ser la principal potencia en Europa mientras la monarquía francesa establecía su hegemonía en el continente.

La guerra de los Treinta años (1618-1648)

Este conflicto comenzó como una lucha entre protestantes y católicos dentro del Sacro Imperio Romano-Germánico, y acabó como una conflagración general europea que decidiría entre la supremacía de la Casa de Habsburgo (que gobernaba en la Monarquía hispánica y en el Imperio) o la de la monarquía francesa.

La guerra se puede dividir en varias etapas con características diferentes:

• El período palatino (1618-1623)
La guerra comienza como un enfrentamiento por el trono de Bohemia entre el emperador Fernando II de Habsburgo (1578-1637) y Federico V (1596-1632) el príncipe del Palatinado, que era uno de los que tenían voto para elegir al emperador. Fernando II recibe el apoyo de los católicos dentro del Imperio y Federico, que es calvinista, el de los protestantes. Finalmente el emperador toma la corona de Bohemia, con la ayuda de los Habsburgo españoles, pues el rey de España Felipe IV (1605-1665) consideraba que era su obligación como rey defender la fe católica allá donde se viera amenazada.

• El período danés (1625-1629)
El rey Cristián IV (1577-1648) de Dinamarca (y Noruega) entra en el Imperio apoyando a los príncipes alemanes protestantes y se enfrenta a los Habsburgo austriacos y españoles defensores de los príncipes alemanes católicos. Finalmente es rechazado.

• El período sueco (1630-1635)
El rey de Suecia Gustavo II Adolfo (1594-1632), con la ayuda económica del primer ministro francés, el cardenal Richelieu , entra en guerra contra los príncipes católicos del Imperio, la Monarquía hispánica y Fernando II de Habsburgo. Los ejércitos suecos, unidos a los de los príncipes protestantes alemanes, logran sucesivas victorias, hasta la muerte del propio Gustavo Adolfo en combate.

• El período francés (1635-1648)
Ante la posibilidad de que Fernando II obtenga una victoria decisiva contra los protestantes dentro del Imperio y eso refuerce su poder y el de sus aliados, los Habsburgo españoles, Richelieu, el primer ministro francés, convence al rey Luis XIII (1601-1643) para que Francia se aliase con Suecia, los Países Bajos rebeldes (que estaban en guerra con la Monarquía hispánica desde 1566) y los protestantes alemanes.
Para debilitar desde dentro a la Monarquía hispánica, el cardenal Richelieu fomentó la sublevación de los catalanes y portugueses en 1640, descontentos ambos reinos de la preponderancia de los castellanos dentro de la Monarquía hispánica.
La revuelta de los catalanes causó la guerra de Separación de Cataluña (1640-1652) que se prolongará más allá del fin de la guerra de los Treinta años.
Igualmente la rebelión portuguesa se extendió más allá de la guerra de los Treinta años y duró hasta 1668 cuando, en el tratado de Lisboa, España reconoce la independencia de Portugal, a cambio de la cesión por los lusitanos de Ceuta, con la intención de seguir controlando los Habsburgo españoles el estrecho de Gibraltar.
La lucha contra Francia, los suecos, los protestantes alemanes, los Países Bajos rebeldes y las revueltas catalana y portuguesa fueron demasiado para la Hacienda real española, incapaz de contratar y pagar a los soldados profesionales suficientes para luchar contra todos sus enemigos. Las remesas de Indias , que desde el reinado de Felipe II habían pagado la política exterior y las guerras de España, habían menguado durante el siglo XVII debido al agotamiento de las minas americanas, y los impuestos que pagaban los pecheros castellanos no producían el suficiente dinero para sufragar los gastos del conflicto.
La guerra atraviesa toda Europa, acompañada en muchos lugares por la peste y el hambre, aunque Alemania es el país más dañado por ella, pues es por donde circulan la mayoría de los ejércitos, ello provoca la pérdida de gran parte de su población
Agotados los diferentes contendientes [=enemigos] por la larga lucha firmarán la Paz de Westfalia en 1648. En esos tratados la Monarquía hispánica reconoce la independencia de las Provincias Unidas de los Países Bajos, Francia consigue la región de Alsacia, Suecia se apodera de gran parte de la costa alemana del mar Báltico, y los pequeños estados de Brandeburgo y Prusia se unen bajo un mismo soberano.

Las consecuencias de la guerra de los Treinta años

• Este conflicto significó el paso en Europa de la hegemonía española a la francesa. Al no contar con la plata y el oro americanos, la monarquía española dejó de ser la más poderosa y fue sustituida como potencia principal por el reino de Francia, el más poblado de Europa, que poseía un mayor equilibrio económico entre agricultura, industria y comercio. Serán los reyes de Francia los que influyan en el resto de los soberanos europeos durante la segunda mitad del siglo XVII y buena parte del XVIII.
• La guerra de los Treinta años fue la última guerra de religión importante en Europa. En cada país su gobernante va a elegir la fe que debían seguir sus súbditos y no se va a meter en lo que hagan los soberanos vecinos. La unidad religiosa de Europa se rompe definitivamente; los estados del sur de Europa continuaran siendo católicos y los del norte de Europa seguirán con sus iglesias reformadas nacionales controladas por los gobernantes da igual que fueran luteranas (Dinamarca, Suecia, Brandeburgo…), calvinistas (Provincias Unidas, Escocia…) o la de Inglaterra.
• Desde entonces el concepto de religión como elemento que mantiene unidos a los súbditos con su señor va a perder fuerza frente al reforzamiento del poder de los reyes. Los súbditos obedecerán a sus soberanos por serlo, sin tener en cuenta su religión, y por encima del Papa o cualquier autoridad religiosa o política distinta del gobernante del territorio donde viva el súbdito.
• El reforzamiento del poder de los reyes irá unido a un cambio en el sistema de reclutamiento de tropas. Al principio de la guerra de los Treinta años, la mayoría de los contendientes usaron ejércitos de mercenarios , como venían haciendo desde finales del siglo XV, que causaron espantosos estragos sobre la población civil. Durante el conflicto, imitando a los suecos, los reinos más importantes empezaron a reclutar, entrenar y equipar a tropas procedentes de su propia población, con lo que aumentó el número de soldados en cada ejército, y su disciplina para obedecer órdenes, como la de no excederse con la población civil. Ejércitos más numerosos que seguían mejor las instrucciones que se les daban significaba un aumento en el poder de los reyes, pues disponían del instrumento más poderoso para hacer cumplir su voluntad.
• Como resultado de la paz de Westfalia surgirá en Europa la república de las Provincias Unidas de los Países Bajos, mientras el resto de los estados europeos van a ser monarquías absolutas, salvo la monarquía parlamentaria de Inglaterra (producto de las revoluciones inglesas).
• En la paz de Westfalia también se establecerán unas fronteras territoriales permanentes para muchos de los países que participaron en la guerra, respetadas por otros países europeos.
• Otra cosa que cambiará en la política europea es que frente a los imperios que incluían varias lenguas y pueblos, como los de los Habsburgo austriacos y españoles, adquieren más importancia los estados que se identifican con una nación concreta, definida por su lengua y cultura. Por ello el poder del Emperador pasa a ser casi simbólico, es decir que sólo puede recaudar impuestos, dictar leyes, reclutar tropas, nombrar jueces, etcétera, dentro de las tierras de la dinastía de los Austrias, pero no en el resto de los estados que forman el Sacro Imperio
• En el norte de Europa el reino de Suecia se convertirá en la potencia más importante durante la segunda mitad del siglo XVII.

Tras la paz de Westfalia, más guerra

Tras la paz de Westfalia (1648) la monarquía francesa y la española seguirían en guerra más de un decenio hasta la paz de los Pirineos en 1659 a la que se llegó por agotamiento de ambos contendientes. Mientras ambos reinos continuaban las hostilidades en España continuaban las revueltas catalana y portuguesa. Mientras, en Francia, se produjo una revuelta de la nobleza y de los parlamentos tras la muerte de Luis XIII y Richelieu. Esta rebelión, la Fronda (1648-1653), iba dirigida contra la reina madre, la regente del rey niño Luis XIV, y pretendía recortar los poderes del monarca lo mismo que el Parlamento inglés estaba haciendo con Carlos I, pero no tuvo éxito.
En la paz de los Pirineos de 1659 España cedía a Francia el Rosellón y otros territorios catalanes, así como Artois y varias ciudades fronterizas de los Países Bajos españoles. Además para reforzar el acuerdo se acordó una futura boda entre Luis XIV (1638-1715) y la infanta María Teresa, hija del rey de España Felipe IV, la cual renunciaba a sus derechos sobre el trono de España a cambio de una dote de medio millón de escudos de oro, que no se llegó a pagar, por tanto Luis XIV, a través de su esposa, mantendría sus derechos al trono español.
Fue en el año 1661 cuando Luis XIV comenzó a gobernar de forma absoluta sin primer ministro, valido o favorito .

ACTIVIDADES DEL TEMA
(Responda debajo de las preguntas)

1. ¿Por qué el siglo XVII fue una mala época para vivir?


2. ¿En qué cuatro etapas ha sido dividida la guerra de los Treinta años?


3. ¿Por qué luchaban Fernando II de Habsburgo y Federico V príncipe del Palatinado?


4. ¿Por qué Felipe IV ayudó a Fernando II?


5. ¿Quiénes fueron los aliados de Francia cuando entró en la guerra de los Treinta años?


6. ¿Quién fomentó la sublevación de los catalanes contra el gobierno de Felipe IV?


7. ¿Por qué la monarquía española deseaba quedarse con Ceuta tras la separación de Portugal?


8. ¿Qué otras fuentes de ingresos habían tenido los reyes de la Monarquía hispánica hasta el siglo XVII, además de los impuestos pagados por sus súbditos en la península ibérica?

9. ¿Por qué la población alemana fue la más dañada por la guerra de los Treinta años?


10. ¿Qué país fue reconocido por la Monarquía hispánica en la Paz de Westfalia?


11. ¿Quiénes formaban los ejércitos que lucharon en la guerra de los Treinta años?


12. ¿Qué dos estados europeos del siglo XVII NO eran monarquías absolutas?


13. ¿Qué edad tenía Luis XIV cuando se convirtió en rey de Francia?


14. ¿Qué fue la Fronda?


15. ¿Qué boda se pactó en la Paz de los Pirineos? ¿Cuál fue la dote de la novia?


16. ¿Cuándo comenzó Luis XIV a gobernar de forma directa? ¿Qué edad tenía entonces

viernes, 14 de enero de 2011

Jinete bizantino siglo XIV

Hombre de armas húngaro siglo XIV

Hirdman escandinavo siglo XIII

El hird, de origen noruego, fue originalmente un séquito informal de compañeros de armas, hombres del hird o huscarles, pero acabo siendo no sólo el núcleo alrededor del que se formaba el ejército del rey, sino parte integrante de la corte real.
En los reinos escandinavos (Noruega, Dinamarca y Suecia) el surgimiento de la caballería feudal fue más lento que en otras partes de la Europa medieval. En Escandinavia, durante la Plena Edad Media (1000-1300), la élite militar estuvo formada por tropas pagadas o por guardaespaldas antes que por caballeros feudales. En Noruega, a finales del siglos XI, el hird incluía gestir ("invitados"), "encargados de las velas", y huscarles tanto como auténticos "hombres del hird", aunque todos ellos eran hombres del hird en el más amplio sentido de la palabra. Habitualmente eran (aunque no siempre) voluntarios y hasta podían incluir extranjeros. De todas las categorías del hird mencionadas antes los "hombres del hird" eran la élite; seguían al rey donde quiera que fuese tanto en la paz como en la guerra, y nunca dejaban la corte excepto con un permiso especial.
Tradicionalmente el hird del rey consistía en 120 hombres (para los escandinavos un "centenar largo"), que incluían 60 "hombres del hird", 30 gestir y 30 huscarles.
No fue hasta el siglo XIII que en Noruega este antiguo sistema militar, heredero de la tradición vikinga, fue sustituido por el sistema feudal.
En la ilustración aparece un "hombre del hird" en el siglo XIII. Aunque su aspecto general es similar al de cualquier guerrero europeo occidental de esos años dos de sus armas lo caracterizan como un nórdico: el hacha danesa, de tradición vikinga, y el sombrero-de-hierro, que estuvo de moda en los territorios escandinavos hasta el final de la Edad Media.

Jinete ligero andalusí siglos XII y XIII

Historia de los judíos del siglo XI al XV

LA PLENA EDAD MEDIA (1000-1300)
La afirmación del antisemitismo en la Cristiandad medieval


La situación de los judíos europeos medievales cambió durante esta etapa al ritmo que cambiaba toda la sociedad. En un principio las condiciones de vida de los judíos mejoraron, pues la mejora de la producción agrícola desde el siglo XI facilitó el crecimiento del comercio, lo que a su vez fue la causa de un aumento de la población urbana al emigrar la mano de obra sobrante en el campo para buscar trabajo en la artesanía o el comercio.
Ese crecimiento comercial y urbano favoreció a los judíos, ya que muchos de ellos obtuvieron abundante trabajo y los comerciantes pudieron extender sus negocios. Además durante el siglo XI la Cristiandad creció incorporando a los polacos, húngaros, rusos, daneses, noruegos y suecos, que cuando todavía eran paganos habían atacado la Europa cristiana durante las Segundas Invasiones (Siglos IX y X) lo que aumentó la seguridad en general y las posibilidades del comercio al facilitar los transportes, y éstas crecieron todavía más con las Cruzadas que llevaron en el siglo XII las redes comerciales europeas hasta el Imperio Bizantino y el Cercano Oriente.
Este comercio creciente no sólo se daba dentro y entre países cristianos sino también entre territorios cristianos y musulmanes. En ese tipo de actividad los judíos actuaron como unos intermediarios muy útiles. Unido al comercio hubo un gran trasvase cultural desde la cultura árabe musulmana a la Cristiandad. Los judíos, hablantes de varias lenguas, participaban en talleres de traducción que pasaban obras de filosofía, química, matemáticas, medicina o lo que fuera del árabe a una lengua romance y de ésta al latín. Así fue como se abastecieron las bibliotecas de las primeras universidades.
La importancia comercial y cultural de la comunidad judía durante la Plena Edad Media (siglos XI, XII y XIII) lleva al surgimiento de prestamistas dentro de las juderías. Estos judíos van a ofrecer su dinero a los burgueses cristianos que necesitan comprar barcos para realizar negocios a larga distancia, a los nobles para emprender reformas en sus castillos, y a los reyes para pagar a sus soldados. Aunque también existían prestamistas cristianos, lo cierto es que la proporción de prestamistas entre los judíos era más alta al ser todos ellos población urbana, además la Iglesia cristiana condenaba la usura, es decir el préstamo con interés, sin importar que fuera alto o bajo. Para la Iglesia el dinero no era como la tierra, era “estéril”, no podía “producir riqueza”, y era pecado intentarlo. Pero el pecado de la usura sólo afectaba a los cristianos, es decir un cristiano no podía prestar con intereses a otro cristiano, pero un judío sí podía hacerlo. Los prestamistas cristianos debían buscar justificaciones a lo que hacían mientras los judíos sólo debían preocuparse de hacer buenos negocios.


A lo anterior se unía que durante la Alta Edad Media se había completado la cristianización de las áreas rurales y de los pueblos paganos convirtiéndose los judíos en la principal minoría religiosa dentro de la Europa occidental.


Por todo lo anterior durante la Plena Edad Media la población judía en Europa prosperó, igual que el resto de la sociedad, pero al mismo tiempo se hizo más visibles para los cristianos. Eso hizo que los prejuicios del resto de la sociedad aumentaran y surgieran nuevas leyendas como el de que los judíos asesinaban a cristianos adultos o a un niño cualquiera para utilizar la sangre en sus rituales religiosos. El primer caso de este tipo fue denunciado por los cristianos de Zaragoza en 1182. Más tarde, en el siglo XIII, surgió la leyenda de que los judíos robaban hostias consagradas para profanarlas[1]. Lo cierto es que hoy no tenemos pruebas materiales para saber si esas denuncias eran ciertas, pero lo cierto es que la mayoría de las denuncias presentaban acusaciones llenas de contradicciones entre sí, y era normal usar la tortura con los acusados para obtener confesiones, a lo que se unía la promesa de perdón en caso de confesar el delito cometido, por lo que es fácilmente deducible que estas denuncias respondían a una situación de fuerte odio religioso. Éste, en tierras alemanas durante el siglo XIII, dio forma a la imagen de la “cerda judía”, una representación que mostraba un grupo de judíos alimentándose de una cerda, como reflejo de su pretendida “suciedad”. Este odio religioso se manifiesta durante la Plena Edad Media de una manera más evidente que durante la etapa anterior:
- Se aprueban leyes que discriminan a los judíos obligándolos a llevar un sombrero puntiagudo o una insignia amarilla.
- Se producen masacres de judíos durante la I Cruzada y la II Cruzada.
- Expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290.
A pesar de la actuación de Eduardo I, rey de Inglaterra, lo cierto es que tanto los Papas como los reyes intentaron proteger, en la mayoría de los casos, a los judíos del odio del resto de la población, aunque por motivos diferentes. Los reyes tenían en la población judía una importante fuente de ingresos gracias al comercio y los impuestos que pagaba, los Papas en cambio esperaban la conversión voluntaria de los judíos, pues todo giraba en torno a la identidad religiosa. Cuando un judío era bautizado dejaba de ser un extraño y pasaba a formar parte de la sociedad cristiana en un plano de igualdad.
En la Península Ibérica la situación de la comunidad judía siguió siendo buena en el siglo XI, tras el fin del Califato de Córdoba. Los reyes de taifas necesitaban funcionarios que les fueran totalmente fieles porque muchos de sus súbditos musulmanes rechazaban su poder, pues estos monarcas cobraban impuestos ilegales según la ley islámica. Por ello muchos judíos pasaron a formar parte de la administración de las taifas y algunos llegaron a ministros.
Con la llegada de la dinastía almohade a al-Ándalus en el siglo XII la situación cambió completamente; los Almohades, fanáticos religiosos, intentaron convertir a la fuerza a los judíos, como en Lucena, donde arrasaron la ciudad en 1148 al no convertirse su población a la religión islámica. Eso provocó una emigración masiva de los judíos andalusíes hacia los reinos cristianos peninsulares que en pocas décadas vieron un gran aumento de su población hebrea.


LA BAJA EDAD MEDIA (1300-1492)
Persecuciones y expulsiones


En la Baja Edad Media la situación de los judíos en Europa occidental empeoró respecto a la etapa anterior, si bien lo mismo le ocurrió a toda la sociedad.
Tras la Gran Hambruna de 1315 y la Peste Negra de 1346 se creó una fractura en la conciencia de la Cristiandad, que no entendía como Dios había permitido semejante hecatombe. Una respuesta fueron las procesiones de flagelantes, que se azotaban por sus pecados reconociendo las culpas propias y de la sociedad cristiana medieval, pero pronto ese sentimiento de frustración se orientó hacia la más grande de las minorías: los judíos. El resentimiento hacia los judíos había surgido en la Plena Edad Media; se identificaba a todos los judíos con los pocos prestamistas ricos que había entre ellos, eso era posible al ser todos los judíos población urbana y una comunidad cerrada. Durante la Gran Hambruna las peores situaciones se vivieron en el campo, donde no había judíos. Tras la Peste Negra en varios lugares de Europa se acusó a los judíos de iniciar la Peste envenenando los pozos, lo que provocó oleadas de pogromos[2]. Menos de un lustro después de la llegada de la Peste Negra se calcula que habían tenido lugar en Europa más de 350 matanzas distintas de judíos.
En varios lugares los pogromos fueron incitados por miembros fanáticos de la Iglesia cristiana, a pesar de la oposición de los Papas, en otros se trataba de dañar a los reyes que protegían a los judíos y que los utilizaban como administradores y funcionarios.
En la Península Ibérica veremos esa situación en el reino de Castilla. Una guerra civil se desarrolló entre 1351 y 1369, justo tras el paso de la Peste Negra, entre el rey Pedro I y su hermanastro Enrique de Trastámara. Pedro I había nombrado a judíos para cargos importantes porque sabía que sólo le obedecerían a él (no a la Iglesia ni a una familia de la nobleza como pasaría en caso de nombrar clérigos o nobles). Eso permitió a Enrique una campaña de propaganda que identificaba al rey con los judíos usando expresiones como Pedro “el herético”, “una corte [real] judía”; o frases como “¿Dónde está el hijo de puta judío, que se llama rey de Castilla?”. Pasando de las palabras a los hechos el propio Enrique dirigió el asalto contra la judería de Toledo en 1355. Tras asesinar a su hermanastro en 1369 Enrique se convirtió en rey de Castilla pero el odio que había encendido no se apagó. En 1391 un arcediano[3] de Écija, Ferrán Martínez, provocó el asalto de la judería de Sevilla. La oleada de pogromos se extendió por Écija, Cazalla, Alcalá de Guadaira, Córdoba, Jaén, Toledo y saltó a la Corona de Aragón prendiendo en Valencia, Palma, Barcelona, Gerona y, por último, en Lérida. En estos asaltos hubo tanto odio social como religioso, pues la principal actividad de los atacantes fue saquear las casas de los judíos ricos además de bautizar por la fuerza a todos los que pudieron.
A causa de los pogromos de finales del siglo XIV gran cantidad de judíos peninsulares fue convertida al Cristianismo por la fuerza. Aunque a la Iglesia aquello le parecía mal una vez hecho no había vuelta atrás, el bautizado cristiano se quedaba. El efecto que tuvo este aumento considerable de los judeoconversos fue el surgimiento de un nuevo grupo social: los “marranos”. “Marranos” era el nombre que daban los cristianos viejos[4] a los judíos conversos al Cristianismo y a sus descendientes. Aunque una parte de los judeoconversos acabaron aceptando el Cristianismo, otro grupo siguió manteniendo su religión judaica en la intimidad de sus casas, lo cual se hacía visible a los cristianos por su mantenimiento de prohibiciones religiosas del Judaísmo vinculadas a usos cotidianos como la dieta (los judeoconversos no consumían carne de cerdo ni freían con manteca, no comían chorizo ni morcilla…). Eso explica que a todos los judeoconversos se les llamase “marranos” de forma ofensiva, vinculándolos a un animal que para muchos de ellos era impuro. Para las autoridades religiosas y la población cristiana esta situación era un peligro para la pureza de la fe cristiana, que ahora podía ser contaminada desde dentro. Manifestación de este descontento fue la revuelta anti conversa de Toledo en 1449, dirigida no contra los judíos sino contra los conversos, a los que se consideraba herejes[5] en su totalidad.
A finales del siglo XV, se planteó que la única manera de que los “marranos” aceptaran completamente la religión cristiana era separarlos de los judíos que aún vivían en la Península Ibérica, a ello se unió la exaltación religiosa cristiana por la guerra contra el reino musulmán de Granada, y otra denuncia de un niño asesinado por los judíos. Por ello en 1492 se decretó la expulsión de todos los judíos de la Península Ibérica, excepto de los que se bautizaran. Los judíos sefarditas salieron de Castilla y se dirigieron a ciudades musulmanas en el Mediterráneo, a Portugal y a ciudades en Italia. En la actualidad uno de los grupos que componen el Judaísmo son los sefarditas, los descendientes de los judíos que habitaron la Península Ibérica y que aún mantienen como lengua una variante del castellano.
Antes que en la Península Ibérica los judíos fueron expulsados de otros lugares durante la Baja Edad Media (Francia, Sacro Imperio Romano-Germánico…). La población judía desterrada, llamados askenazíes[6], se instaló en el reino de Polonia durante el siglo XIV favorecida por los reyes polacos deseosos de poblar su reino, y durante el siglo XV en el Gran Ducado de Lituania (que incluía la actual Lituania, más Bielorrusia y Ucrania).



[1] Para los cristianos católicos la hostia consagrada es el mismo cuerpo de Cristo. Las profanaciones atribuidas a los judíos consistían en escupir encima de ella, acuchillarla, usarla para cocinar…
[2] Un pogromo era una acción violenta consistente en invadir las juderías grupos de cristianos robando, golpeando, matando y obligando a bautizarse a los judíos.
[3] Un arcediano es un clérigo que realiza diversas funciones en una catedral al servicio del obispo, pero no es un sacerdote.
[4] Cristianos viejos es el nombre que se dio en la Península Ibérica desde el siglo XV a aquellos cuyos padres y abuelos eran cristianos desde el principio, y carecían de antecedentes judíos en su familia.
[5] Hereje: Persona que sigue una doctrina cristiana contraria a la de la Iglesia católica. La doctrina es el conjunto de principios básicos que defiende un movimiento religioso. También es un hereje todo aquel que habiendo sido bautizado niega alguno de los principios básicos (dogmas) de la Iglesia católica.
[6] Askenazíes significa “judíos alemanes”, el nombre proviene de que estos grupos tenían su origen en las tierras del Sacro Imperio Romano-Germánico y de la zona fronteriza del reino de Francia. Hoy en día la mayoría de los judíos desciende de este grupo que incluso desarrolló una lengua propia basada en el alemán, el yiddish.

Historia de los judíos del siglo V al X

DEFINICIÓN:
Los judíos eran los habitantes de la provincia romana de Judea. Durante la represión por los romanos de la Gran revuelta judía (66-70) y de la rebelión de Bar Kojba (132-136) muchos de ellos fueron asesinados o vendidos como esclavos, y la provincia de Judea pasó a llamarse provincia de Siria Palestina. Tras la segunda revuelta el emperador romano Adriano prohibió la religión judía y prohibió a los judíos instalarse en Jerusalén, por ello la población de Judea se dispersó por todas las provincias del Imperio Romano y fuera de él (Mesopotamia). A ese proceso se le llama Diáspora.
IMPERIO ROMANO (del siglo I al siglo V d.C.).
Judaísmo e inicio del Cristianismo


Separados en pequeños grupos que vivían en diferentes lugares a orillas del Mediterráneo, lo esperable hubiera sido que los judíos se fundieran en la población que los acogía en Italia, Hispania, Grecia, Egipto o cualquier otro lugar. Pero los judíos siguieron existiendo como grupo con una identidad separada muchos siglos después de abandonar su tierra de origen a causa de su religión monoteísta, totalmente distinta a las religiones politeístas que predominaban entre los demás habitantes del Imperio. La religión judía no sólo constaba de una fe monoteísta sino que desarrolló un conjunto de normas que “encerraban” la vida de una persona en su comunidad religiosa diferenciándola de los demás. Un judío no podía casarse con una gentil; un judío debía no sólo rezar de una manera determinada en momentos escogidos, sino que debía vestir, comer y actuar de un modo que lo diferenciaba de un gentil[1].
Paulatinamente los judíos dejaron de ser una nación, para ser un pueblo con una religión propia formado por gente de distintas naciones. Los lazos con la tierra de origen se fueron aflojando mientras pasaba el tiempo y se producían conversiones al Judaísmo desde religiones paganas[2] de modo que la identidad de los judíos se centró en su religión.
Aunque sufrieron alguna persecución durante el Imperio Romano por causas políticas, la situación general de los judíos no estuvo marcada por la discriminación ni por la hostilidad hacia ellos e, incluso, la prohibición de Adriano de la práctica del Judaísmo acabó desapareciendo.
Relacionado con el Judaísmo estaba el Cristianismo, que comenzó siendo una grupo minoritario dentro del la religión judía. Sin embargo, desde su aparición en el siglo I, la fe cristiana se mostró como una religión de vocación universal. Los cristianos permitían a los bautizados que antes eran paganos politeístas mantener muchas de sus costumbres, y su cultura no se veía destruida por la conversión (=cambio de religión), al contrario que en la fe judía. La mayor parte de los griegos y romanos aborrecían la idea de la circuncisión[3], necesaria para convertirse en judío, y no entendían la prohibición de consumir cerdo o pescado sin escamas del Judaísmo. El Cristianismo les ofrecía una fe monoteísta comprensiva con sus peculiaridades. Fue Pablo de Tarso (San Pablo) el que animó a los cristianos judíos para que permitieran a los gentiles convertirse en cristianos. En los siglos siguientes el Cristianismo fue adaptándose a la cultura grecolatina para llegar a más gente.

Libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 15
5 Pero algunos de la secta [judía] de los fariseos, que habían abrazado la fe [de los cristianos], se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles [que se habían bautizado] y mandarles guardar la Ley de Moisés.
6 Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.


El éxito de cristianos y judíos, al conseguir que cada vez más paganos se pasaran a su religión, se debía a que las religiones grecolatinas de carácter politeísta eran religiones de grupo, donde el individuo se sometía a la comunidad. Para los romanos la religión y sociedad política iban unidas, por ello la tolerancia religiosa estaba relacionada con la fidelidad al Imperio Romano; se podía practicar cualquier religión mientras se pagasen los impuestos y se respetasen las leyes. En el Paganismo grecolatino no existía una vida de ultratumba para los muertos, no había conexión entre el comportamiento de las personas y su relación con los dioses; y los ritos religiosos eran importantes para tener contentos a los dioses. En cambio los cristianos y judíos planteaban una relación personal de cada persona con Dios, que los ritos religiosos permitían conectar a las personas con Dios, y, lo más importante que existía una vida tras la muerte que se ajustaría a lo que cada persona hubiera hecho.
Ambas religiones monoteístas crecieron en número de fieles durante trescientos años, compitiendo entre ellas y desarrollando una hostilidad mutua.
En el año 313 el emperador Constantino “legalizó” definitivamente la práctica del Cristianismo en el Edicto de Milán, y en el año 380 el emperador Teodosio convirtió al Cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano por el Edicto de Tesalónica.
LA ALTA EDAD MEDIA (476-1000)
La Cristianización de Europa; los judíos como minoría religiosa
Tras la aceptación del Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano la situación cambió. Se produjo una identificación entre ser romano y ser cristiano; entre la administración del Imperio Romano y la Iglesia. En muchas ciudades los obispos pasaron a ocupar cargos oficiales.
Cuando el Imperio Romano de Occidente fue destruido por las Invasiones bárbaras surgieron los reinos romano-germánicos. En estos reinos los reyes de origen germano se apoyaron en el clero para mantener la antigua administración romana, pues los obispos y sacerdotes solían ser los únicos capaces de leer y escribir en latín, que era la lengua de la cultura. Debido a la necesaria colaboración de la Iglesia el poder político se vio influido por la religión y eso se reflejó en las leyes. En los reinos romano-germánicos de Europa occidental se aprobaron leyes que segregaban (=separaban) a los judíos del resto de la comunidad política y social. No obstante durante la Alta Edad Media, la principal preocupación de la Iglesia como institución no fueron los poco numerosos judíos sino los numerosísimos paganos. El Cristianismo había prosperado en las ciudades romanas y era una religión urbana, en cambio la población rural, que formaba la mayor parte de los habitantes de Europa, seguía siendo pagana[4] y estaba aferrada a sus viejas creencias.












Durante cientos de años los clérigos se preocuparon de bautizar a los campesinos y a los pueblos paganos de Europa como los normandos, los húngaros, los polacos…
Todo ese proceso estaba presidido por la idea de la conversión voluntaria, pues el bautizo a la fuerza no tendría validez. Aunque hubo algunas excepciones, como cuando el emperador Carlomagno obligó a que se bautizaran a la fuerza los sajones, un pueblo pagano que habitaba entre los ríos Rin y Elba, o cuando los reyes visigodos del siglo VII quisieron convertir a la fuerza a los judíos peninsulares.
Sin embargo, sí se aprobaron leyes que limitaban la capacidad de actuación de los judíos en las sociedades cristianas occidentales. Se les prohibía tener tierras y eso les obligaba a ir a buscarse la vida en las ciudades, allí se los obligaba a vivir en barrios concretos (las juderías, guetos o aljamas) que a veces estaban amurallados para separarlos así del resto de la ciudad. Durante la noche se cerraban las puertas de la judería y nadie podía salir pero tampoco entrar. Al ser una minoría religiosa también debían pagar un impuesto especial al poder político para que éste les protegiese y les permitiera seguir existiendo, pues lo cierto es que entre los cristianos la opinión sobre los judíos se hacía cada vez más negativa basándose en prejuicios como que eran un pueblo deicida pues “habían matado a Dios hecho hombre (Jesús)”, o que todos los judíos eran unos falsos y unos traidores como Judas[5] Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús. A pesar de todo, la vida de los judíos en la Europa occidental durante la Edad Media fue menos dura que en el Imperio Bizantino.
Durante los siglos de la Alta Edad Media (del V al X) la población judía en Europa occidental era escasísima comparada con los que habitaban en el imperio bizantino y en tierras del Islam.
Donde creció el Judaísmo durante la Alta Edad Media fue en el Khanato de los Jázaros[6], donde su minoría dirigente de origen nómada se volvió judía entre los siglos VIII y IX.
La pequeña población judía de Europa occidental vivía en las ciudades y su posibilidad de influir en las comunidades donde vivían era mínima. Se dedicaban a la artesanía y al comercio sobre todo. Una ventaja que los judíos tenían en el comercio es que podían tener contacto con otros judíos que vivían en ciudades musulmanas o bizantinas. Esto permitió que algunos destacasen en el comercio a larga distancia, pero lo cierto es que la población judía en la Europa occidental era poco visible al concentrarse en ciudades poco pobladas, y que en su mayoría sólo eran centros de comercio local. Durante al Alta Edad Media la población de Europa occidental abandonó las ciudades para ir al campo, y detrás de ella se fue la Iglesia, que ya estaba convirtiendo a los campesinos. Lo anterior hizo que el comercio se redujera a lo mínimo: algo de mercado local una vez a la semana o al mes.
En la Península Ibérica se dio una situación especial, pues el reino de los visigodos fue invadido por los musulmanes a principios del siglo VIII (711). Los reyes y la Iglesia visigodos estaban intentando convertir a la fuerza a los judíos y, cuando no lo lograron, los expulsaron al norte de África o al reino de los francos. Eso explica que cuando se produjo la invasión musulmana los judíos peninsulares no lamentaran el fin del reino visigodo.
Tras la conquista musulmana los cristianos y judíos obtuvieron por igual la categoría de dhimmíes[7]. Esa situación supuso una mejora para los judíos pues al pagar no sufrían persecuciones. Asimismo al ser más numerosos los no musulmanes (cristianos mozárabes y judíos) que los musulmanes, durante los primeros siglos de al-Ándalus, había tolerancia religiosa. Esta situación estable permitió que se formaran unas fuertes comunidades judías en las ciudades de al-Ándalus, que participaban del comercio internacional con todo el mundo musulmán. Con el Califato de Córdoba del siglo X las condiciones mejoraron aún más al usar los califas a los judíos como funcionarios públicos; estos administradores le eran fieles ya que se lo debían todo al califa, pues pertenecían al grupo religioso menos numeroso. La protección de los califas permitió que surgieran ciudades como Lucena donde toda la población era de origen judío y se dedicaba a la artesanía o el comercio.



[1] Un gentil para los judíos era cualquiera que profesase una religión distinta del Judaísmo.
[2] Pagano es el nombre que dan los cristianos (y, por extensión los judíos y musulmanes) a quien no practica su religión. También llaman infiel a la persona que tiene una fe distinta de la suya. De manera más concreta, el Paganismo se identificaría con el politeísmo, por oposición a las tres grandes religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo, Islam) que, además, consideran a la Biblia, o a una parte de ella, un libro sagrado. A los paganos también se les llama idólatras (=adoradores de ídolos, es decir de objetos inanimados que ellos consideran que poseen poderes sobrenaturales).
[3] Circuncisión: Práctica ritual de algunas religiones (como el Judaísmo y el Islam), que consiste en cortar circularmente una parte del prepucio, el repliegue de piel que recubre el glande del pene.
[4] La palabra pagano de hecho viene de paganus, el habitante del campo (en latín pagus).
[5] Por eso hay en España e Hispanoamérica durante el Carnaval, Semana Santa u otras fiestas populares se quema, se apedrea o se destruyen muñecos llamados Judas.
[6] El Janato de los Jázaros fue un estado fundado por un pueblo nómada al norte del Cáucaso y que duró del siglo VII a finales del siglo X.
[7] Dhimmíes era el nombre que se daba a los judíos y cristianos que vivían en estados islámicos medievales, y cuya presencia era tolerada a cambio del pago de ciertos impuestos y de la aceptación de una posición social inferior.[]